La piedra de la esquina (Macotera)

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La yunta de la foto, parsimoniosa, avanzaba hacia abajo por la calle Fraguas. El mozo llevaba la aijá a la espalda, apoyada en la cintura y sujeta por delante con ambas manos. Todo el cuadro era lento y distraído. Volcado ya en la cuesta, me tropecé con la lámina de José Luis: un rincón, la puerta de entrada a la casa y unos pasiles porque el quicio era alto. Todo normal: mil puertas como ésta en Macotera, incluso más interesantes; pero José Luis no trazó la lámina por la puerta, sino, porque le llamó la atención la piedra cilíndrica y berroqueña que se apoyaba en la esquina de la pared.

No sólo la esquina de esta casa está protegida por un bordillo de piedra más o menos grande. Yo recuerdo que muchas esquinas del pueblo eran guarecidas por una piedra de granito grande como la que mostraba la casa del señor Gabriel Madrid o la más pequeña e inclinada que se hallaba en el esquinazo de la calle de La Plata, donde hoy tiene Luis el Aceiterín la pescadería. Cada uno de nosotros podríamos jugar a buscar piedras colocadas en las distintas esquinas del pueblo años atrás. Seguro que sacaríamos entre todos ciento.

Las calles del pueblo son relativamente estrechas, de la que parte un buen número de callejuelas; en el tiempo de que hablamos, un carro con barcinas, cargado de mies hasta el cogolmo, se las veía y deseaba para pasar por muchas de sus calles; por eso, era frecuente ver cómo muchos aleros del tejado eran removidos por el refilón de la carga. Todas las calles carecían totalmente de aceras y la calzada estaba salpicada de baches y barrizales, blandos y pegajosos en invierno; resecos y polvorientos en verano. La calle era la sala de toda actividad.

En ella desaguaban los olientes albañales, se vertían aguas de todo origen (de ahí el grito de “agua va”. Eran pateadas, igualmente, por personas y animales, y eran también el contenedor de mil cosas con todo derecho. Por ellas transitaban yuntas, carros repletos de basura, de mieses y granos; pero lo más problemático de esta circulación rústica era los distintos giros y desviaciones que había que hacer para dirigirse a sus destinos: había que hacer mil maniobras hasta conseguir que el carro cargado venciese la estrechez del rincón o cruce. Yo recuerdo los ratos de espera que tuve que aguantar, a veces, en el cruce de la calle de la Plata y la calle de la Botica, donde hoy se encuentra la droguería de Juan. Se ponían en peligro los tejados, las esquinas y las fachadas; por estas razones, en casi todas las esquinas, de posible ataque, eran guarecidas con un bordillo fuerte de granito. Con la pavimentación y el nuevo instrumental agrícola, las piedras se retiraron al abrigo de la historia y, sólo nos queda, como vestigio monumental, la piedra de la calle Fraguas, que José Luis ha inmortalizado en su lámina.


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Articulo extraido de la bibliografía de Eutimio Cuesta Hernández sobre Macotera. Cedido voluntariamente por el autor macoterano. Muchas gracias por colaborar en este proyecto.