La trasera del motor (Macotera)

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Del motor y su fundación como empresa eléctrico - harinera, allá por el año 1909, ya hablamos en otro rincón macoterano, pero no lo dijimos todo por falta de espacio. Me quedó decir que el ciclo de la sociedad se cerró con la apertura de una tahona, que abastecía de pan a la localidad junto con otros hornos de la familia Madrid. Como no era recomendable que el personal entrase por la puerta principal del motor a retirar su pan, por el consiguiente peligro de la maquinaria de molturación y por la molestia del polvillo que se depositaba en el suelo, se abrió una gran ventana que daba al regato de las Eras, y, a través de ella, se repartía el pan entre los que llevaban la tarja y las cuatro perras que valía la torta. Si yo soy conocedor de esta actividad, es porque, en más de una ocasión, se lo oí contar a mi abuela Juana y a mi tío Pedro Churris. Yo, lógicamente, por la edad no lo pude conocer.

Lo que, sí me recuerdo bien, era de aquel vallado profundo que había detrás del motor y que, de pequeño, me costaba subir y temblaba que, al bajarlo, me rompiera las narices; además de profundo, caía casi vertical hasta el fondo. Mi estrategia era subirlo a gatas y bajarlo de culo apoyado sobre las manos. En invierno y en primavera, estaba siempre encharcado y, cuando llovía, el regato se convertía en un río grande preñado de agua; a veces, llegaba hasta la puerta de mi abuela, esto sucedía cuando la tormenta descargaba de firme en los altos de la Carramancera y los Abajuelos; pues este regato estaba encargado de llevar el agua de lluvia desde estos pagos hasta el Arroyo y al Margañán. Era y es el desagüe natural del pueblo; sucede que hoy se ha canalizado unos tramos y el agua se cuela entre las rejillas de los desagües subterráneos. A pesar de ello, la imagen de aquellos tiempos de infancia no se me han borrado: no se me pueden olvidar pues el regato fue parte de mi vida de niño y de mis correrías de muchos días conviviendo con mis abuelos.

De aquellos años, también me vienen a la memoria las palomas que se asomaban por las ventanas altas del motor, que servían de ventilación al molino, y aquellos granulados nidos de golondrina que se pegaban a los aleros del tejado y nuestra malicia inocente intentaba derribar con piedrecitas, que nosotros llamábamos cantos. No digamos menos de las correrías y bullicio, que se armaba en los alrededores del corral de Ñurris cuando se llevaba la vaca brava al matadero: una maroma adelante y otra detrás. Nosotros, pequeños, nos asomábamos mil veces por el agujero o por la rendija de las portás para sentir de cerca el efecto del miedo. Un poco más arriba más huertos y enfrente del jardín de don Gerardo dos huertos más, que hoy albergan las casas de Juan Antonio el Braulio y Pedro Rubio.

Antiguamente, todas estas casas y corrales fueron huertos que cruzaba el regato serpenteante, placentero, sereno y apaciguado como para no hacerles daño con sus crecidas.



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Articulo extraido de la bibliografía de Eutimio Cuesta Hernández sobre Macotera. Cedido voluntariamente por el autor macoterano. Muchas gracias por colaborar en este proyecto.